Serie: Convivencia ()

Tiempo y cultura política

Emilio Arredondo

Algunas de las transformaciones que hoy muestra la vida política de nuestro paísse reflejan en lo institucional, pero están enraizadas en un nivel más profundo y sutil, el de la subjetividad social -evidenciando las relaciones entre la cultura política y la gestión social del tiempo.

Debemos a Durkheim y su escuela el interés del pensamiento social contemporáneo por la dimensión subjetiva de la temporalidad social. En efecto, distanciándose de la tradición dominante en su época y en particular de la versión kantiana (que sostiene que las nociones de tiempo y espacio son formas a priori, y por tanto universales), este sociólogo francés se propuso demostrar, a partir de sus estudios sobre la religión, que el tiempo, al igual que el espacio, surgen como categorías que dependen decididamente de "la organización social correspondiente", es decir, de cada sociedad y contexto, razón por la que asumen carácter relativo e histórico-cultural (Durkheim y Mauss citados por Roger Sue).

La Escuela durkheimniana se encarga de mostrar que "para la religión y la magia, las partes sucesivas del tiempo no son homogéneas, que las partes que nos parecen iguales en tamaño no son necesariamente iguales ni siquiera equivalentes; son homogéneas y equivalentes las partes consideradas semejantes en razón de su ubicación en el calendario. De donde se sigue que la noción de tiempo no es en este caso la de una cantidad pura, sino que es más compleja que la noción correspondiente en el curso ordinario de nuestra vida mental (...) Admitiremos pues, provisionalmente, que las partes del tiempo y el tiempo mismo en general se conciben como dotados, o susceptibles, de cualidades". (Hubert, H.)

Durkheim, que fue condiscípulo de Bergson, influyó no solamente en Francia a través de M. Mauss, H. Hubert y M. Halbwachs, sino que también pautó decididamente la obra de dos sociólogos de mucha influencia en EE. UU.: directamente en la obra de P. Sorokin -y a través de éste en su discípulo, R. Merton. M. Halbwachs, a su vez, que presenta su tesis de los marcos sociales de la memoria reivindicando la tradición durkheimniana y distanciándose de Bergson, influirá en la obra de G. Gurvitch, quien impulsó el programa de investigación centrado en el estudio de "los tiempos sociales", tan difundido actualmente.

Estas influencias teóricas, inspiradoras de las ciencias sociales en torno al estudio de la temporalidad concebida en tanto construcción social, serán el punto de apoyo del creciente interés actual por dicha temática y, por ende, de este artículo.

Tiempo y política

 

El fortalecimiento y expansión global de las lógicas mercantiles vienen provocando un fuerte impacto en las prácticas institucionales de los Estados, en particular aquellos de los llamados "países emergentes". Aquí, referido al ordenamiento de las sociedades –y en comparación con lo que ha sucedido en las sociedades "desarrolladas"-, la política latinoamericana mostró –vía Estado y durante buena parte del siglo XX- un papel relativamente más importante que la economía mercantil. Toda la institucionalidad y los estilos de prácticas se conformaron a partir de esa particularidad "estadocentrista", que en el caso uruguayo asumió, además, ribetes partidocráticos.

Hoy, con el predominio del modelo neoliberal, aquella ecuación entre política y economía ha quedado atrás. El ritmo cada vez más veloz de las decisiones de los mercados internacionales no se ajusta a los ritmos tradicionales de procesamiento político democrático (tratamiento en las internas partidarias, consultas entre autoridades y agentes económicos, negociaciones parlamentarias, instancias plebiscitarias, plazos para fallos judiciales y para la formación de leyes, etc.), que habían sido los habituales en aquellos Estados de pactos y equilibrios inestables. Parece claro: desde la perspectiva del mercado neoliberal, mucha democracia entorpece. Así, el espacio público se enfrenta hoy con una disyuntiva de hierro: debe optar entre la legitimidad que resulta de los estilos inclusivos y la eficiencia macroeconómica reclamada por los organismos financieros y de regulación del comercio internacionales; dicho de otro modo: la opción es entre consenso y eficacia. Si el Estado opta por "el largo y lento" camino de la negociación y las consultas, pierde oportunidades de inversión de capitales y, por lo tanto, en eficiencia de gestión económica. En cambio, si opta por la preparación de un contexto favorable para las inversiones, debe acelerar los ritmos de las decisiones, sacrificando si es necesario (y por lo general lo es, gracias a la fenomenal capacidad de chantaje que tiene el mercado contemporáneo) el estilo negociador y consensual de las democracias consultivas, es decir, afectando la calidad democrática de los intercambios. Esto es -entre otras cosas- un problema de administración de tiempos por el que la economía (capitalista) le reduce a la política sus márgenes de acción. No obstante, es un problema que en principio afecta particularmente a las elites y no tiene consecuencias inmediatas y directas sobre la cultura política de esas sociedades. Reitero: "en principio" y "consecuencias inmediatas y directas".

El impacto de la dictadura militar en la historia reciente de nuestro país ha sido multidimensional y no podemos aquí hacer siquiera un resumen del mismo. No obstante, sí es necesario subrayar que esos años de distanciamiento entre la gente y los actores partidarios (distanciamiento que fue simultáneo con profundos cambios en la cultura occidental toda) acarrearon un proceso de reificación de lo público en el imaginario social uruguayo. Esa reificación no solamente significó distanciamiento popular con respecto al Gobierno autoritario, sino también, y luego de recuperada la institucionalidad democrática, un alejamiento respecto de los políticos, el Estado y "la política" tout court.

Retengamos esto como trasfondo para presentar tres hipótesis sobre los efectos de una nueva temporalidad sobre la cultura política. Por razones de espacio, dos de esas hipótesis apenas serán mencionadas, y nos detendremos en cambio en los argumentos de la tercera.

 

 

ADMINISTRACION DEL FUTURO Y LA PACIENCIA SOCIAL

La histórica preeminencia que el espacio público tuvo con respecto al privado condujo a que en la sociedad uruguaya los políticos fueran los principales agentes legitimados para planificar en nombre del colectivo. Con el ya mencionado proceso de reificación de la esfera pública la sociedad no solamente se distanció de aquellos que ahora veía como "los dueños" de un mundo extraño y hostil (el poder), sino que además, al hacerlo, cortó contacto con quienes estaban legitimados para organizar el futuro. Más aun, la gente les retiró la autoridad para planificar en nombre del colectivo. El futuro, como mundo imaginario de nuevas y mejores posibilidades, perdió valor ante el peso de las dificultades –materiales y simbólicas- que se acumulaban en el presente. Por esa razón, habiendo derrumbado a los "sacerdotes" legitimados para planificar en nombre de todos y con acumulación de demandas insatisfechas, la sociedad, en tanto colectivo, dejó de tener un proyecto unívoco (de carácter nacional). Se exacerbaron las expectativas presentes y personales, devaluándose la apelación discursiva de "hacer un esfuerzo en el presente en función de un futuro mejor". Así se redujo la paciencia social.

La noción de paciencia hace referencia a la capacidad de soportar el paso del tiempo sin la ocurrencia del o de los acontecimientos esperados. Por supuesto, esa capacidad es un producto social que depende del valor del objeto deseado. ¿Cuánto me importa eso que espero?, ¿cuánto debo esperar?, ¿quién me pide que espere? y ¿qué he ganado antes con esperar? Evidentemente, las respuestas a estas preguntas se construyen socialmente, ya que dependen de procesos intersubjetivos de evaluación de resultados .

La evaluación de las políticas públicas deben incluir el lapso temporal que ellas insumen. No solo hay que hacer bien las cosas requeridas, sino hacerlas en el momento oportuno. Desde la perspectiva del sentido común se ha reducido considerablemente el tiempo de espera para el logro de beneficios de esas políticas estatales. Por lo tanto, la evaluación –más intuida que reflexionada- respecto de la eficacia de las dirigencias, al ponderar en forma prioritaria la "variable tiempo", reduce las posibilidades de que esa política sea considerada favorablemente. El resultado es bastante conocido: una vez identificado el culpable, se lo castiga votando al adversario, o bien recurriendo a una enorme variedad de formas de indiferencia y micro-resistencias típicamente implosivas que afectan al "sistema" en su conjunto.

 

PASADO IDEALIZADO, POLITICA DESLEGITIMADA

Es Maurice Halbwachs quien enseña que la memoria es más que un cúmulo personal de recuerdos. Es un proceso social, activo y permanente de reconstrucción del pasado (Halbwachs, M.) Al haberse cortado el contacto y la identificación entre el universo cotidiano y lo político, aquel perdió la principal referencia que había tenido hasta ese momento para interpretar lo ya acontecido, afectándose de esa manera uno de los contactos fundamentales que se tenía entre el presente y pasado. Pero esto no quiere decir amnesia colectiva. El distanciamiento actual con el mundo político conduce a que esa búsqueda de respuestas en el pasado se haga evitando su "lado público". La memoria colectiva recurre a (aunque deberíamos decir "reconstruye") un pasado fundamentalmente privado. Enseña Schütz que "toda explicitación dentro del mundo de la vida procede dentro del medio constituido por los asuntos que ya han sido explicitados, dentro de una realidad que es fundamental y típicamente familiar". Para "volver a poner en orden el mundo" luego del proceso de extrañamiento, esa sociedad, que desestima ya el relato proveniente de lo público, recurre a una espontánea y descentrada reconstrucción del pasado privado, ya que ahí encuentra la familiaridad del mundo que se le hace necesario para explicar el presente. (Podemos encontrar infinidad de indicadores de estos fenómenos, que van desde la cada vez más difundida vocación por la historia de las sensibilidades (en la producción académica) hasta la multiplicidad de rituales sociales que reconstruyen épicas nacionales subrayando su dimensión comunitaria/familiar (como « Al encuentro con el patriarca » y « la Redota ») que convocan a miles de personas anualmente, haciendo memoria de la gesta artiguista y particularmente de los avatares cotidianos que la pautaban, pasando por un sinnúmero de microgestos que buscan restablecer tangibilidad a acontecimientos, circunstancias y elementos que tienen valor apenas particular-patrimonio edilicio, etc.).

El pasado tiende a idealizarse: bonanza económica, alegría social, solidaridad comunitaria, "carnavales-eran-los-de-antes" y hasta "maracanazos". Se generan, a partir de ese pasado idealizado, parámetros inconcientes con los cuales se contrasta la realidad presente. La conjunción de estos factores genera una evaluación fuertemente crítica -y consecuente depreciación- de los actuales estilos de gestión política. Todos aquellos problemas que afectan la calidad de vida social son atribuidos a la incapacidad y/o mala fe de los responsables públicos. La utilización de un lenguaje tecnocrático, escándalos de corrupción, persistencia de crisis económica, excesos burocráticos, etc., refuerzan la certeza de que "la política no sirve, como servía antes, para solucionar los problemas de la gente", lo cual induce a la indiferencia y la profundización del descrédito, lo que se expresa en instancias electorales o en la administración cotidiana de la legitimidad del "sistema".

COMUNICACION, LENGUAJE Y TIEMPO SOCIAL

Sostienen Berger y Luckmann que "la realidad de la vida cotidiana se reafirma continuamente en la interacción del individuo con los otros. Así como la realidad se internaliza originariamente por un proceso social, así también se mantiene en la conciencia por procesos sociales". Y agregan más adelante: "la vida cotidiana del individuo puede considerarse en relación con la puesta en marcha de un aparato conversacional que mantiene, modifica y reconstruye continuamente su realidad subjetiva" (Berger, P., y Luckmann, T.). El diálogo que se entabla(ba) a través del "aparato conversacional" partidario tiene el efecto –por ser inmediato y personal- de confirmar la realidad subjetiva del mundo. Pero para poder hacerlo eficazmente, ese aparato conversacional debe ser continuo y coherente. El régimen militar, al haber cortado los contactos de los líderes intermedios y barriales de los partidos con la sociedad, anuló los procesos sociales necesarios para el mantenimiento del diálogo que producía y reproducía la realidad social percibida por los uruguayos. Eso favoreció la aparición de nuevos contenidos en el acervo de conocimiento social y, fundamentalmente, el debilitamiento del sentido de pertenencia partidaria que se reproducía por el contacto "ritual".

Inserto en un contexto de ruptura de la solidaridad orgánica, este efecto de extrañamiento, a la vez que implica un proceso de socialización sobre nuevas pautas, asume en el grueso de la población una respuesta de rechazo a una fisonomía de complejidad creciente de la esfera política, el consecuente rescate de la familiaridad del « mundo de vida » (Schütz) y la revalorización del conocimiento ordinario. La esfera de la política era traducida a lo cotidiano vía lenguaje "común y corriente", hecho este que permitía cierta sensación de familiaridad en la gente respecto de la vida pública, y al mismo tiempo reforzaba el "efecto de conocimiento" que el mundo político posee sobre los agentes que lo habitan (Bourdieu). Y, como sabemos, en política comunicar siempre implica traducir. El "aparato conversacional" –conformado por líderes intermedios, caudillos barriales o departamentales- había sido el encargado histórico de tal "traducción", llevando a signos de fácil reconocimiento para los no especializados aquellos tecnicismos propios de una esfera especializada. Y al efectuar tal traducción los políticos organizaban lo real. La dimensión más decisiva de su tarea no consistía en la transmisión de un mensaje que valiera fundamentalmente por su contenido ideológico o programático, sino por la forma, el estilo comunicacional, es decir, la dimensión sintáctica del lenguaje. O dicho de otra forma, el contenido era importante y eficaz en la medida que el mensajero respetara la "gramática" social de una comunicación personalizada, familiar, comunitaria y, de ser necesario, lúdica. Típico de una lógica partidaria más comunitaria que asociativa.

En nuestras sociedades contemporáneas (pos-industriales, posmodernas, de segunda modernidad, de capitalismo tardío o como queramos llamarlas) se observa una especie de "descentración" de las voces legitimadas para explicar el mundo. Los políticos ya no monopolizan tal tarea sino que ahora concurren para ello una importante variedad de actores los que, cada uno con sus estilos y prioridades, arman el discurso social y por lo tanto organizan el imaginario. De todos esos actores se destacan por su alcance los medios de comunicación masivos, en especial la televisión. Como sabemos, la televisión es un poderoso vehículo de transmisión de mensajes, pero por la dinámica comunicacional inherente al vehículo audiovisual, su importancia no depende privilegiadamente de la dimensión semántica de esos mensajes, por su cargamento de contenidos proposicionales, sino por su dimensión sintáctica y pragmática. En muchos sentidos, los lenguajes televisuales actuales reproducen (¿arquetípicamente?) los antiguos esquemas de comunicación comunitaria: es decir, transmisión rápida de contenidos claros, con un lenguaje sencillo, a partir de planteos cuasi-maniqueos y sobre un trasfondo vocacionalmente lúdico.

Por esta razón, la sustitución de los políticos como agentes definidores de la realidad a favor de una importante variedad de actores, dentro de los cuales se destaca la televisión, produce en el imaginario social una internalización de las dinámicas o ritmos comunicacionales (con "lógicas televisivas") en el tratamiento de la información referida también al mundo político. Para evaluar la realidad política, la subjetividad social se atiene y centra ya no en los contenidos proposicionales, es decir, en el despliegue argumental racionalmente sustentado, sino en la forma o dimensión gramatical del mensaje, sustentado fundamentalmente en la eficacia afectiva y lúdica. Evidentemente, el primer modelo requiere por parte del público una dinámica o tiempo de asimilación, ponderación y conclusión (que es la lógica subyacente al prototipo del individuo racional e ideologizado de la modernidad, es decir, aquel que "veía" el mundo a través de las enormes planas impresas o de la legendaria Spica), mientras que el segundo (la lógica televisiva) requiere una dinámica más veloz, de asimilación intuitiva y que privilegia el impacto emocional y no la eficacia racional.

Han cambiado las lógicas de aprehensión de la realidad y ello conlleva un cambio de ritmos en las dinámicas de la evaluación popular de la cosa pública. Hay menos tiempo para (e interés en) escuchar y procesar racionalmente los mensajes que recibimos, debido a lo cual estos deben necesariamente evitar el camino del largo razonamiento deductivo y encadenamiento causal, y atender en cambio a la importancia cada vez mayor del gesto corporal, los sonidos de apoyo, exclamaciones, el manejo del silencio, la utilización de iconos, etc. Al tiempo que disminuye la importancia del mensaje por la validez o consistencia de sus contenidos, aumenta la incidencia de la calidad histriónica del que lo emite. Entonces, si por un lado el político debe reducir el tiempo de exposición de su mensaje, y por otro lado debe apelar a un estilo más gestual que verbal, la consecuencia que se deriva es que disminuye la carga reflexiva y programática del mensaje, desembocando al final del proceso en una desideologización de la comunicación política y una espectacularización del universo público. Se constata una menor predisposición de la gente a atender mensajes cargados con contenidos que requieren complejas racionalizaciones sobre un mundo (el político) que no conoce ni le interesa conocer, lo cual implica un debilitamiento del factor programático y un aumento de la eficacia de aquella comunicación orientada a suscitar emociones.

Ansiedad e implosión política

Digámoslo claramente: es inútil intentar comprender la vida política de una sociedad sin considerar su cultura política, y dentro de esta, las formas de gestionar el tiempo que esa sociedad tiene. En este texto hemos querido mostrar que a partir de una serie de importantes y recientes modificaciones en el imaginario social de nuestra sociedad, esta ha modificado también su noción del tiempo, especialmente su actitud presente ante el futuro y, por lo tanto, también ante el pasado. Y esta modificación, a su vez, tiene un peso específico decisivo en las modificaciones de la actitud y comportamientos concretos ante la vida política.

En particular desde la Modernidad en adelante, la poderosa combinación de economía capitalista, Estado autónomo y predominio técnico de la gestión le han dado a la vida pública la posibilidad no solo de organizar el presente, sino fundamentalmente de organizar también el futuro. En el discurso político el "progresismo" era casi una obligación, ya que nadie pedía el poder para debatir Historia. En la historia latinoamericana en general y uruguaya en particular cohabitaron, desde la independencia de estos países, una cultura popular de tipo comunitaria, personalista, pulsional y lúdica, con un Estado relativamente ajustado al tipo exigido por los moldes institucionales de la modernidad europea. Mientras ese Estado respetó las peculiaridades de aquella cultura "no-moderna", se benefició con altos niveles de legitimidad y reconocimiento. De hecho, era el discurso político el que administraba monopólicamente el presente y también el futuro.

Una coyuntura multidimensional de fuerte impacto –dictadura militar, nuevos modelos de acumulación, difusión de nuevas tecnologías y medios de comunicación, avance de nuevas pautas de consumo- derivó en una virtual ruptura de ese "bloque orgánico" (para usar la noción de A. Gramsci). No vamos a reiterar la descripción del proceso de reificación ya explicado más atrás, pero sí queremos hacer notar que a partir de dicha coyuntura esa sociedad dejó de creer en la validez de aquellos que hasta ese momento eran los principales legitimados para organizar el futuro social. Es decir, la política perdió uno de sus rasgos distintivos.

En la planificación –propia o delegada- hay una especie de superación de la propia finitud. Desde la perspectiva popular, mientras se confía en la pertinencia de la planificación del futuro, el sacrificio del presente se compensa con cierta satisfacción psicológica producida por la anticipación del disfrute de la cosa esperada. Mientras planifico tomo "posesión virtual" de la recompensa futura, y al hacerlo desagoto mi ansiedad hedonista. Pero cuando la sociedad pierde la confianza en la validez de la espera, pierde la paciencia y aumenta la ansiedad. En esa circunstancia, solo colmo el vacío provocado por la ausencia de futuro a partir de una diversificación de actividades cuyos beneficios son inmediatos. Así se explica el hedonismo y el espíritu del carpe diem que crece día a día. Si esta primera hipótesis es correcta, la caída de los grandes relatos –y relatores- implica también la caída de las referencias temporales respecto de las cuales se organizaban tradicionalmente los plazos de la vida cotidiana.

Ya hemos insinuado algunas consecuencias estrictamente políticas de este proceso (castigo electoral, indiferencia, desideologización, etc.); pero queremos finalizar dejando planteada otra, tal vez la más significativa por sus alcances de largo plazo. Desde Durkheim, Mauss y Huber sabemos que no es posible estudiar la noción de tiempo in abstracto. Hay que considerarlas "con relación a las duraciones concretas que enmarcan". Mientras que la vida política era la fuente legitimada para alimentar esperanzas de un futuro mejor, el rito electoral cada cuatro o cinco años renovaba el entusiasmo y la apuesta por el tiempo que vendría. Se trataba de un "volver a empezar" que mantenía permanentemente renovada la legitimidad ya no de tal o cual partido o líder particular, sino de todo el universo público en su conjunto. La euforia de la competencia electoral revivía la solidaridad comunitaria y el "sistema" en general se "rejuvenecía" con la renovación del pacto legitimante. En la actualidad, habiendo caído la importancia ritual de las elecciones como renovadoras de ese pacto, el cuestionamiento sobre la legitimidad se hace cotidianamente, cambiando radicalmente los márgenes temporales que el sistema tiene para probar su eficacia. Como ya lo vimos a partir del caso de las "lógicas televisivas", se trata de una profunda aceleración de los tiempos con respecto a los antiguos ritmos (Cabría aqui hacer mención a la importancia que tienen para la aceleración de los tiempos cotidianos las nuevas pautas de consumo que la economía de mercado impulsa, y las drásticas modificaciones en el mercado de trabajo. Si bien hacemos notar la pertinencia de tal enfoque, admitimos también que tal aspecto superaría largamente los propósitos planteados para este artículo.)

Dicho en pocas palabras: el actual espíritu presenteísta (considerado en tanto instintivo recurso de supervivencia cotidiana ante un futuro incierto y un mundo tan hostil como descontrolado, rasgo clave de la "transfiguración de la política", tal como lo postula Maffesoli) y las nuevas formas de gestionar el tiempo social (la revalorización de la memoria colectiva como fuentes de respuestas para los problemas del presente), arriesgan con minar las bases del orden político fundado sobre la organización jacobina del futuro, tal como lo conocemos desde la Modernidad.

 

REFERENCIAS

AA.VV
. El correo de la UNESCO, abril de 1991.
AA.VV. (P. Ricoeur comp.) Las culturas y el tiempo, París, UNESCO, 1979.
AA.VV. (P. Ricoeur comp.) El tiempo y las filosofías, París, UNESCO, 1979.
ELIADE, Mircea. El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición", Barcelona, ALTAYA, 1995.
ELIAS, Norbert. Sobre el tiempo, México, FCE, 1989.
HALBWACHS, Maurice. Les cadres sociaux de la mémoire, París, ALBIN MICHEL, 1994.
HALBWACHS, Maurice. La mémoire collective, París, ALBIN MICHEL, 1997.
HALL, Edward. La danse de la vie. Temps culturel, temps vécu, París, SEUIL, 1984.
JACQUES, Elliot, La forma del tiempo, Barcelona, PAIDOS, 1984.
MAFFESOLI, Michel, La transfiguration du politique. La tribalisation du monde, París, LE LIVRE DE POCHE, 1992.
MAFFESOLI, Michel, L’instant eternel, Paris, Denoël, 2000.
MERCURE, Daniel. Les temporalités sociales, París, L’Harmattan, 1995.
MERLAU-PONTY, Maurice, Fenomenología de la percepción, Madrid, PLANETA, 1994.
RAMOS TORRE, Ramón (comp.) Introducción de Tiempo y sociedad , Madrid, CIS-Siglo XXI, 1992, en particular los artículos "Estudio sumario sobre la representación del tiempo en la religión y la magia" de H. HUBERT, "La naturaleza del pasado" de G. H. MEAD, "El tiempo social: un análisis metodológico y funcional", de P. SOROKIN y R. MERTON, "El futuro no puede empezar: estructuras temporales en la sociedad moderna" de N. LUHMANN, "Las duraciones esperadas socialmente: un estudio de caso sobre la formación de conceptos en sociología" de R.
MERTON
.
RICOEUR, Paul. Temps et récit. 3. Le temps raconté, París, SEUIL, 1985.
SCHUTZ, A. y LUCKMANN, T. Las estructuras del mundo de la vida, Bs. As., AMORRORTU, s/f.
SIMMEL, G. Problemas de filosofía de la historia, Bs. As., NOVA, 1956
SUE, R. Temps et ordre social, París, PUF, 1994.
THOMPSON, E. P. Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Barcelona, CRITICA, s/f.
WHITROW, G. J. El tiempo en la historia, Barcelona, CRITICA, 1990.


Volvamos al comienzo del texto


Portada
Portada
© relaciones
Revista al tema del hombre
relacion@chasque.apc.org