Las
fronteras del derecho a decidir
Marta Lamas, Letra S (México),
5-IV-2001
El Estado laico mexicano
garantiza la convivencia social sobre la base de la tolerancia y el
respeto a la diferencia. En el siguiente texto, la antropóloga
feminista Marta Lamas registra los renovados embates del fundamentalismo
católico, su empecinado rechazo de los derechos reproductivos y
sexuales y los riesgos que su atraso cultural representan para la
consolidación de nuestra democracia.
Para quienes hoy enfrentan el fundamentalismo de la Iglesia católica,
la separación Estado-iglesia resulta vital. Al legalizar el ámbito
civil, Benito Juárez reconoció a los habitantes de México, el
estatuto de ciudadanos antes que el de fieles, ofreciéndoles la
posibilidad de elegir si continuar o no bajo el yugo de los abusivos
privilegios eclesiásticos. De lo que se trata en la vida es
precisamente de poder elegir, de decidir cómo se quiere vivir, con quién
y haciendo qué. Aunque jurídicamente los mexicanos son libres y tienen
los mismos derechos, la realidad es otra.
La posibilidad de decidir está ligada al acceso igualitario a las
oportunidades, en especial a la educación. Para la construcción de una
nación más justa es imprescindible que la razón se emancipe de la fe.
Las ideas laicas y las autoridades independientes del poder eclesiástico
defienden la autonomía del pensamiento. Los habitantes del siglo XXI no
debemos olvidar la Guerra de Reforma. La separación Estado-iglesia es
sana porque permite que las personas crean en lo que quieran creer y se
reúnan libremente con otras personas que creen lo mismo, pero sin caer
en confusiones como la de querer imponer a toda la sociedad dichas
creencias.
Una verdadera convivencia pacífica dentro del pluralismo requiere
contar con un Estado laico que garantice un régimen de tolerancia y
también el imperio de la ley y la razón. Pero conseguir tolerancia no
es sencillo.
¿Cuáles son hoy las fronteras del derecho a decidir? Básicamente las
que se fijan entre lo público y lo privado. En todo el mundo está
visto que las decisiones sobre la vida privada dependen de la conciencia
y los valores de cada persona, y no de los dictados de altos
funcionarios de instituciones religiosas o del gobierno. La
jurisprudencia plantea que el principio de privacidad personal tiene al
centro los conceptos de "inviolabilidad de la personalidad",
"la intimidad" y la "integridad corporal". Por eso,
la defensa de la privacidad consiste en el derecho de la persona a no
sufrir la intrusión gubernamental injustificada, en asuntos que la
afectan como la sexualidad y la reproducción.
La coincidencia amorosa, el deseo sexual, la decisión de compartir la
vida con otra persona, la paternidad y la maternidad no son decisiones públicas.
Son expresiones individuales que conllevan derechos ciudadanos para su
ejercicio. Pero he aquí, que la iglesia católica no acepta que las
personas tomen decisiones íntimas sobre su sexualidad y su reproducción.
Al contrario, se mete hasta la cocina y exige que se tengan todos los
hijos que Dios desee, prohibe cierto uso de los órganos corporales,
pontifica sobre la suciedad del sexo por placer y presiona para una
reproducción sin límites. Por suerte, gran parte, si no es que la
mayoría de las y los mexicanos tienen actitudes más liberales y
tolerantes respecto a la sexualidad y la reproducción que las
planteadas por la iglesia católica: se divorcian, usan anticonceptivos,
interrumpen embarazos, tienen relaciones con personas de un cuerpo igual
al suyo.
Caridad y
tolerancia represiva
Para frenar estas conductas supuestamente condenables, los grupos
religiosos invocan dogmas religiosos, presionan y amenazan. Ante una
Iglesia católica detentadora de la "Verdad" nada sirve exigir
que este monolito dogmático se informe y se ponga al día científicamente.
No nos van a hacer caso. Lo único que podemos hacer es demandar
tolerancia. Pero la verdadera tolerancia está muy lejos de esa forma
común de la tolerancia que Marcuse llamó "tolerancia
represiva" y que se trata de una actitud hecha de superioridad
moral, como la del típico católico dogmático que subido en el
pedestal de esta Verdad absoluta, mira con una mezcla de compasión y de
desprecio a los que viven en el error y tolera su existencia, los
aguanta. Esta tolerancia represiva que funciona como una concesión
acepta a "regañadientes" un mal inevitable, la existencia de
los otros, los diferentes, los no católicos, los no decentes. Este tipo
de tolerancia no establece como un valor democrático el verdadero
respeto a la diferencia. De esta manera se fomenta el error original:
"Yo estoy bien, tú estás mal, pero te aguanto". Esto genera
una serie de consecuencias negativas. Muchas versiones de este tipo de
tolerancia represiva, sirven para recubrir actitudes profundamente
negativas.
En México, la falta de vigencia de algunas libertades fundamentales
hace que ante las intransigencias, vejaciones y violaciones a sus
derechos, muchas personas valoren esta tolerancia represiva y la vivan
como caridad: mejor recibir compasión que recibir insultos, vejaciones
o linchamientos.
Pero junto a esta asquerosa tolerancia, que es una condescendencia de
quienes se consideran en posesión de la Verdad, hay otra forma
intolerable de tolerancia que debe ser denunciada y combatida: la
tolerancia con los intolerantes. La Iglesia católica romana es la
institución más intolerante en nuestro país. El Papa desde su
supuesta infalibilidad, y los prelados y funcionarios católicos que lo
secundan, se aprovechan del peso simbólico que tiene la ideología católica
en la cultura mexicana para expresar sus opiniones y reglas, como si se
tratara, una vez más, de la "Verdad revelada" y tratan a las
demás posiciones, incluso a las científicas, como si fueran falsas o
estuvieran equivocadas.
El gran peso del catolicismo dificulta en México la reglamentación
racional de cuestiones vitales para la población, relativas a la
sexualidad y a la reproducción. Los derechos sexuales y reproductivos
suponen libertad e igualdad. Libertad para decidir, e igualdad de acceso
a la educación y a los servicios médicos. En los derechos sexuales y
reproductivos, así conceptualizados, se encuentran vivos los principios
políticos de una democracia moderna pluralista. Por eso estos derechos
son un eje articulador en la lucha por la democracia.
En las fronteras del derecho a decidir se ubican los derechos sexuales y
reproductivos y los ponemos del lado de las decisiones privadas, aunque
pongan al centro el debate relativo a la calidad de la vida, la
responsabilidad individual y la libertad de conciencia. Sólo un Estado
laico pude ofrecer el marco de respeto necesario para que la sociedad
decida sobre estos temas según sus creencias religiosas. Por ello, hoy
en día es imprescindible confrontar a la jerarquía católica por la
presión que ejerce sobre estas libertades individuales y sobre las políticas
públicas.
El laicismo es el cimiento de un Estado democrático que pretende
ofrecer igualdad a las personas a partir del principio de soberanía
popular y de la libre determinación de los individuos. Sin pensamiento
laico no se desarrollan ni la ciencia ni la democracia moderna. El
laicismo nos libera de la pesada servidumbre del totalitarismo católico
con sus dogmas inamovibles y sus poderes inapelables. El laicismo
articula la convivencia sobre la base de la tolerancia y del respeto a
la diferencia.
Fernando Savater sostiene que la modernidad democrática ha significado
el triunfo del laicismo en la vida pública. Sin embargo en México, la
vida pública sigue teñida por las posiciones del clero católico que
se hace sentir cada día más.
A partir de las reformas en el artículo 30 constitucional, y aquellas
impulsadas por Carlos Salinas, la jerarquía católica ha encontrado
mayor libertad de acción. En estos últimos años se multiplican las
declaraciones de obispos sobre asuntos públicos. Y no sólo el
arzobispo se entromete en política sino que empresarios del Opus Dei y
de los Legionarios de Cristo presionan al gobierno para que adopte la
agenda teológica en sus políticas públicas, y boicotean y amenazan
con retirar su publicidad de los medios de comunicación si se habla de
condones y métodos anticonceptivos. Un empresario de la empresa Bimbo y
otros de la compañía Domecq optaron por presionar a los canales de
televisión cuando Lucía Méndez presentó el videoclip sobre
anticonceptivos.
Un hecho que les parece molesto o del cual discrepan, lo convierten en
campaña, no sólo desde los púlpitos y confesionarios, como siempre ha
sido, sino también a través de los medios masivos de comunicación,
arrogándose la representatividad absoluta de la sociedad mexicana. La
Iglesia católica trata de impedir que se hable de pluralismo y de
diversidad, se declara en contra de la modernidad y nutre persecuciones
de minorías y violaciones de derechos humanos con su fanatismo
intolerante. Utiliza abiertamente su gran poderío económico y su
influencia para tratar de moldear la opinión pública y para impedir
que se expresen posturas distintas a las suyas.
Fernando Savater cuestiona cómo los religiosos católicos insultan
impunemente a los demás; por ejemplo, las declaraciones del Papa y sus
obispos sobre el aborto (al que equiparan con un crimen terrorista o
nazi) ponen a la mayoría de las personas partidarias de la
despenalización del aborto, al nivel moral de los más viles asesinos.
Savater observa, atinadamente, que cuando los jerarcas de la Iglesia católica
dicen estas barbaridades, nadie los acusa de intolerantes o de herir las
convicciones ajenas, o de antilaicistas. Como bien señala, la ventaja
de ser fundamentalista en una sociedad mayoritariamente tolerante, es
que te aguantan las barbaridades que dices.
Pero eso no es todo. Savater pone otro ejemplo: "Si un candidato o
gobernante en cualquier país democrático hace una alusión a la
divinidad (y dice, Gracias a Dios), ningún ateo entre sus votantes se
tiene que sentir discriminado por tal invocación, ni menos ofendido.
Pero si ese candidato o gobernante, u otro, se atreve a hacer algún
comentario que descarte inequívocamente la creencia en potencias
celestiales, además de quedar como un patán que agrede sin miramientos
a la fe de los demás, se va a ganar una campaña en contra que va a
mermar seriamente sus posibilidades electorales. Vemos pues la gran
contradicción."
Profesionales de
creencias inverificables
El destino de las personas democráticas y respetuosas es ser tolerantes
con los intolerantes. Es evidente que las expresiones fundamentalistas
de la Iglesia católica son contrarias a las libertades civiles en una
sociedad como la que estamos construyendo. El desafío democrático
reside en ser respetuosos y muy tolerantes de las creencias religiosas
pero sin permitir, sin tolerar, como lo dice Savater, que estos
representantes profesionales de creencias inverificables, dicten a la
pluralidad del conjunto social sus prohibiciones, la obediencia a sus
normas que pretendan castigar las blasfemias que les desagradan o que
intenten recabar derechos distintos a los de la democracia laica y
privilegios especiales para sus instituciones y feligreses.
Estos representantes profesionales de creencias inverificables están
prohibiendo en este momento, al conjunto de la sociedad mexicana, la
educación sexual, el uso de anticonceptivos, el derecho a elegir a
quien amar, la posibilidad de remediar un embarazo no deseado y varias
cuestiones más. La Iglesia católica pretende imponer a todas las
personas serias restricciones a su libertad personal violando la
separación Estado laico/iglesias.
Por eso habría que preguntar si se puede aceptar como interlocutora válida,
a una institución dogmática que no comparte los cánones modernos de
racionalidad, respeto a la pluralidad, y espíritu democrático. O dicho
de otra manera, ¿cuánto tiempo más vamos a tolerar la intervención
de El Vaticano instrumentada por el arzobispo, el Opus Dei, los
Legionarios de Cristo, y secundada por el PAN?
El corazón de la democracia es el respeto a las minorías y la
legalidad que reconoce derechos a todos los ciudadanos sin importar sus
creencias. En cambio, para la Iglesia católica la opción es "estás
conmigo o estás contra mí". La ciencia y la técnica escapan al
control de la iglesia, y por ello también la iglesia repudia la autonomía
del pensamiento, de la razón. Ante esto, el Estado tiene que introducir
forzosamente la racionalidad como un elemento básico para construir el
sentido colectivo de la existencia. El régimen imperfecto de la
modernidad es la democracia y ésta obliga a respetar las distintas
posturas en materia de moral privada. Desde luego, como señala Savater,
las iglesias suelen hacer creer a la gente que algo que ha sido decidido
en la tierra, proviene del cielo. Es decir, las decisiones del Papa y de
los obispos, basadas en sus esquemas y paradigmas cognitivos, las
plantean como si fuera la palabra de Dios.
El valor que tuvo Juárez para desafiar a la iglesia en el siglo XIX no
lo tiene hoy ningún político. Los gobernantes mexicanos actuales
tienen miedo de enfrentar las actitudes sexistas y homófobas de la
iglesia. Tienen pánico a denunciar sus mentiras y temen aplicar la ley.
Por tratar de evitar un enemigo poderoso en la contienda electoral,
renuncian a asumir seriamente el carácter ético de los valores democráticos
entre los que destaca la defensa del Estado laico.
Renunciar al laicismo es renunciar a la modernidad y es darle entrada al
arrogante fanatismo oscurantista. Es importante hacer la distinción
entre modernidad y modernización. La modernización constituye un
proceso histórico basado en la transformación de los procesos
productivos, de las pautas de consumo y de trabajo, y del acceso a
bienes y servicios. Por el contrario, la modernidad constituye un
proyecto cultural que difunde valores vinculados a la promoción de la
libertad individual, de la libertad social, al progreso social en el
sentido de desarrollo de potencialidades personales, y a una vocación
democrática que lleva a la defensa de la tolerancia y la diversidad.
Quienes optamos por la ampliación de la libertad personal ante la
autoridad del Estado y de las iglesias, sabemos que no se alcanza la
modernidad sin "tolerancia de la buena". La gran tarea y la
esperanza de una ciudadanía democrática es que cada uno de nosotros
sea capaz de tolerar y ser tolerado. Esta es una actividad compleja,
desafiante de los fundamentalismos, que requiere grandes dosis de
respeto.
Las fronteras del derecho a decidir se deben demarcar con el respeto:
- El respeto al derecho
ajeno es la paz,
- El respeto a la
sexualidad ajena es la paz,
- El respeto al aborto
ajeno es la paz,
- El respeto a las
creencias ajenas es la paz,
- El respeto al ateísmo
ajeno es la paz,
- El respeto a la vida
ajena es la paz,
Vamos respetando las fronteras entre lo público y lo privado.
Vamos respetando el derecho de las personas a tomar decisiones privadas
en materia de sexualidad y de reproducción.
Vamos respetando la frontera necesaria entre Estado laico e iglesias.
Memoria del Foro Nacional por la Vigencia del Estado Laico, junio 10 de
2000.
Frente por el Fortalecimiento del Estado Laico
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2001/abr01/010405/ls-opinion.html